Como que el día subitamente se vuelve noche, como el dulce que sabe a sal, como el llanto que es de alegría y la sonrisa que es de tristeza. Así fue ese sueño pérfido, tenso y cruel que azotó el silencio de mi descanso. Más confusión que pesadilla, más fantasía que miedo.
Las llamas brotaban desde artefactos modernos y antiguos. Artefactos sin formas que pudieron ser radios, estufas o cajas. Artefactos que unas veces eran modernos, pero al volver la mirada envejecían cincuenta años. Medio kilo de personas en la habitación y yo entre ellas, personas con caras indefinibles.
Personas que nada hacían para ahogar el fuego, y yo, por mi parte, apagaba algunos artefactos. Me volvía y al rato otra vez ahí encendidos, con más fuerza y de un fuego más vivo; la desesperación me embargaba los sentidos.
Apenas buscaba agua en un vaso de jugo para un incendio que comenzaba a desproporcionarse. Sin calor, sin humo. Era la fuerza del fuego, como brotando de mecheros infernales, lo impresionante en esos artefactos. También era la indiferencia de las caras borrosas que nada hacían por ahogarlo.
Con el vaso de jugo en el baño de mi casa de la infancia, miraba de frente a un espejo. No se si veía algo, pero tengo la sensación de que era yo. Ahí me di cuenta que era un sueño, miré el vaso y pensé en tratar de seguir extinguiendo el fuego ¿Pero para qué si era un sueño?.
Entonces me propuse despertar.
Inmovil entre las sábanas de mi cama, el silencio de la lluvia tormentosa sobre la techumbre me dijo que era despierto. Despierto pero sin la seguridad de estarlo, ni un músculo movía porque este sueño pérfido me mantuvo soñando aún despues de despertar, pensado incoherencias como que quizás el fuego siguiera ahí o una de esas personas indescriptibles entrara por la puerta. Así paralizado, durante algunos segundos que pudieron ser minutos, viví en el limbo extraño que se da al despertar desde un sueño extraño. Suficientemente conciente para saber que fue un sueño y lo suficientemente inconciente como para pensar que cosas de ese sueño me habían perseguido hasta la realidad.
Finalmente me dormí plácidamente y desperté, varias horas después, bajo un cielo diáfano y calmo.
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